hospice buen samaritano
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Prensa: Sostener su mano

Un equipo multidisciplinario brinda asistencia médica, psicológica y espiritual a personas con enfermedades terminales. Una vocación de servicio que no sólo alivia los síntomas sino que apoya al paciente y a su familia.

Mario sabía que la de 2009 iba a ser su última Navidad. Tenía 31 años, una esposa e hijos pequeños, y un cáncer que lo estaba consumiendo. Internado en un hospital, dolorido y paralítico, su deseo era disfrutar de esa Nochebuena con los suyos. El 24 de diciembre salió del hospital hacia el Hospice Buen Samaritano (HBS) en Pilar. Cenó con su familia, repartieron regalitos, brindaron, cantaron y rezaron. Y allí se quedó hasta que murió pocas semanas después, rodeado de su gente, lleno de fe y agradecimiento.
Desde que se abrió, seis meses atrás, otros 21 enfermos terminales como Mario pasaron sus últimos días en el hospice, y nueve más se atendieron durante el día para controlar sus síntomas y recibir contención personal y familiar. El HBS es una de las cuatro casas de cuidados paliativos que hay en el país. Las otras son el Hospice San Camilo, en Olivos; el Hospice Madre Teresa, en Luján; y las dos Casas de la Bondad que tiene la fundación Manos Abiertas, una en Capital Federal y otra en Córdoba. Todas toman el modelo del “cuidado hospice”, que impulsó en Londres en 1967 la doctora Cecily Saunders. El objetivo es brindarles una medicina de alta calidad, pero también un fuerte compromiso y apoyo humano a las personas que están próximas al momento de la muerte por la evolución de su enfermedad. El HBS brinda estos servicios en forma gratuita a pacientes sin recursos.
El proyecto nació hace una década. Matías Najun y Verónica López, junto a otros jóvenes, comenzaron a organizar actividades para estudiantes de carreras vinculadas con la salud para promover una medicina más humana. Así empezaron a hacer misiones sanitarias anuales a comunidades aborígenes en Salta. Najun se recibió de médico, se dedicó a la medicina familiar y en 1998 se especializó en cuidados paliativos. A fines de 2006, tuvo la idea de crear un hospice que alojara a enfermos terminales pobres. Esos antiguos “compañeros de ruta” con los que Matías iba a misionar se fueron sumando al proyecto, que también recibió el apoyo el obispo de Zárate-Campana, monseñor Oscar Sarlinga, quien consideró que se trataba de “un nuevo modo de hacer presente al Señor Jesús y su misericordia”. En septiembre de 2008, la donación de una casa en Pilar fue el gran empujón para concretar el sueño, y el hospice se abrió el 11 de diciembre del año pasado.
La sede del HBS es una hermosa casa de dos plantas con un gran parque. Los espacios interiores fueron remodelados para la comodidad de los pacientes y sus familias, pero sin perder la esencia de un hogar. Allí trabaja un equipo multidisciplinario que brinda asistencia médica, psicológica y espiritual. A los pacientes y sus familias los acompañan 60 voluntarios, dos médicos, seis enfermeros, una terapista ocupacional y un capellán, y aspiran a sumar trabajadores sociales, kinesiólogos y psicólogos. “Los voluntarios son el alma del hospice –afirma Juan Thomas, otro de los fundadores–. Gratuitamente ofrecen su tiempo para colaborar con el mantenimiento de la casa, la limpieza, la cocina, las compras, el jardín, el desarrollo de fondos, la comunicación, la administración y el acompañamiento de los huéspedes y sus familias. Todas son actividades propias de una casa de familia”.
Además de la contribución en tiempo de los voluntarios, el proyecto se sustenta desde lo financiero con donantes particulares y eventos para recaudar fondos.
Los pacientes son derivados de hospitales municipales y provinciales. “Atendemos y asesoramos a toda persona que lo requiera. Se les ofrece la internación en nuestra casa a quienes reúnan los criterios de enfermedad terminal e importantes carencias sociales y económicas”, explica Matías Najun, presidente del HBS. Y agrega que uno de los planes futuros es ampliar el alcance para atender en los domicilios y visitar enfermos en hospitales.
Los valores que guían el trabajo de los voluntarios son la excelencia, la confianza en Dios, el amor misericordioso, la humildad y, fundamentalmente, la alegría. En el HBS insisten en que el diagnóstico de una enfermedad terminal no marca que “ya nada se puede hacer” sino que abre un tiempo “para reconciliarse, hablar de lo que no se pudo hablar antes, reencontrarse con otros y llevar a cabo tareas pendientes”. Es entonces cuando entran en juego los cuidados compasivos y paliativos que buscan mejorar la calidad de vida: aliviar los síntomas y apoyar al paciente y su familia para que ese tránsito hacia el final sea menos doloroso en lo físico y más pleno en lo emocional.
Matías explica que el vínculo que se teje con cada huésped es especial y que las historias son únicas: “Cada familia que hemos recibido llegaba con un gran sufrimiento existencial y físico por las dificultades de su condición social y económica. En todos los casos la experiencia fue similar: se fueron del hogar agradecidos y satisfechos con lo recibido y con el alivio alcanzado”.
La Sociedad San Juan acompaña espiritualmente al HBS, pero, aclaran sus responsables, la casa “tiene sus puertas abiertas a personas de distintos credos”. Y la también médica Verónica López, una de esas antiguas compañeras de ruta que hoy dirige la casa, sintetiza la misión del hospice: “A través de nuestros voluntarios y profesionales queremos estar cerca de los que se encuentran solos, escuchándolos, acompañándolos y atendiendo sus necesidades. Nos proponemos ser familia para el que no tiene familia y ser hogar para aquellos que no lo tienen”

El teléfono del Hospice Buen Samaritano es 02322-433758 y su e-mail, info@buensamaritano.org.ar


Nota publicada en Revista Digital Ciudad Nueva en el mes de Juni de 2010. Ver nota original


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