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Prensa: Constructor de finales felices

 PERFILES | Matías Najún

Mario había estado internado en el Hospital de Clínicas durante un mes debido a un cáncer muy avanzado. Estaba angustiado, desesperado y, a sus 31 años, no tenía más ganas de vivir. Sufría de vómitos constantes, dolores y no podía mover las piernas. Ni las visitas de sus hijos chiquitos conseguían animarlo. Y para colmo, se aproximaba la Navidad.

- “¿Te gustaría pasar Nochebuena con tu familia?”, le dijo un doctor que llegó a verlo un día.
- “¿Y dónde?”, contestó incrédulo. “Si no tengo ni plata”.
- “¿Qué te parece un asado en una quinta espectacular de Pilar?”.

Aquel médico joven que lo visitó se llamaba Matías Najún, y le ofrecía trasladarlo al Hospice Buen Samaritano, un lugar donde médicos, enfermeros y voluntarios cuidan a enfermos terminales de bajos recursos en sus últimos días de vida, como si se tratara de sus propios familiares.

Gracias a la atención y al cariño que recibió allí, Mario se alivió rápidamente, y para el 24 a la tarde ya se sentía bien. Como si esto fuera poco, también le entregaron la llave de la casa para que invitara a sus familiares e hiciera el prometido asado navideño. “A la semana siguiente, estaba que saltaba en una pata. Su angustia se había ido y a los diez días pidió ir a su casa porque se sentía mucho mejor”, recuerda emocionado Najún, fundador y presidente del hogar de Pilar, donde este tipo de “milagros” se ven a diario.

La historia de Mario es sólo una de las tantas que salieron a la luz durante la charla que Najún mantuvo con Mirabaires, en la que relató cómo el trabajo solidario con personas de bajos recursos, su Fé y su voluntad por “humanizar” la atención médica, fueron confluyendo en la creación del Hospice, inaugurado en diciembre de 2009.

La diferencia entre prolongar y mejorar la vida

En la entrevista, Matías comentó que justamente el fin de semana anterior, había vuelto a ver “Patch Adams”, una película que lo marcó mucho cuando era estudiante. En este tiempo, y al igual que el personaje interpretado por Robin Williams, comenzó a cuestionar el trato frío que tenían la mayoría de los profesionales con los enfermos: “A veces los médicos ven a los pacientes cómo si fueran órganos y no personas. La gente llega cargada de nervios a las consultas y se encuentra del otro lado con alguien que le dice: bueno, tomáte esto y chau”.

Durante la época de la facultad, esta inquietud lo llevó a organizar actividades para estudiantes de carreras de la salud, con el objetivo de promover una medicina más humana, atenta a los sentimientos, pero no por eso menos profesional. A su vez, cuando tenía 22 años, decidió juntarse con un grupo de compañeros y realizar misiones sanitarias anuales en Salta, donde les daban asistencia médica y odontológica gratuita a los aborígenes, además de ayuda espiritual.

Al recibirse se inclinó por la medicina familiar, y en 1998 conoció el mundo de los cuidados paliativos, en el cual se especializó posteriormente, aquel que empieza cuando los médicos dicen “ya no hay nada más que hacer”. “Es una medicina muy desestructurada, que construye un vínculo cercano y sincero con el enfermo. Uno habla cara a cara con él y lo va ayudando a que transite de la mejor manera esa etapa tan importante de su vida que es la terminal, sin engañarlo u ocultarle la realidad”, explica.

Actualmente trabaja en el equipo de cuidados paliativos domiciliarios del Hospital de Clínicas y de Fleni, además de atender a pacientes particulares. Está casado con una fonoaudióloga y tiene tres hijas de 1, 3 y 4 años.

Una respuesta profesional y humana al abandono

El proyecto de hacer una fundación que alojara a a los enfermos terminales pobres y aplicara una medicina más personalizada surgió a fines de 2006. “Ir a misionar al norte se iba haciendo cada vez más difícil, porque todos los que íbamos siempre ahora teníamos hijos. Entonces apareció la idea de hacer un hogar, que yo viví como un llamado desde la Fé”, cuenta.

Este llamado que sintió Najun, también fue una respuesta a los problemas que acarrea la sobrecarga del sistema sanitario argentino, debido a la cual, muchas personas terminan su vida siendo poco menos que un número, en la cama de algún hospital.“No queremos echarle la culpa a nadie, sino tratar de hacer las cosas mejor porque sabemos que la gente puede estar bien cuidada, aunque sean los más pobres de los pobres”, afirma.

No existe una traducción acertada en español para la palabra “hospice” ya que de ninguna manera se trata de un hospicio. Quizás la mejor forma de retratar el concepto sea a través de las historias de los pacientes que Matías intercala en su relato, como la de aquella mujer que sólo toleraba comer helado de limón durante sus últimos días de vida y recibía siempre “viandas” de heladitos preparadas especialmente para ella por una voluntaria.

Manos a la obra

En 2007 el sueño del hospice comenzó a tomar forma luego de que se incoporaran “los antiguos compañeros de ruta” de Matías, con los que iba a misionar de joven y otros conocidos y profesionales, que en total suman alrededor de 80 personas.

Al año siguiente, había llegado el momento de dar a conocer el proyecto para atraer voluntarios y donantes: “En septiembre de repente explotó el mundo por la crisis, pero sin embargo le dimos para adelante y apareció la donación de la casa –por parte de la Fundación Pérez Companc-, que fue un gran empujón”.

Lo que restó hacer luego, fue ”transformar” aquella ex casa de familia en un hospice, sin que se perdiera en la remodelación su esencia de hogar -la cual ayuda a que los que están enfermos se sientan huéspedes y no pacientes-. Se ensancharon los pasillos y se agrandaron los baños para que pudieran circular las sillas de ruedas y además se construyó una salita velatoria y una capilla.  El dinero para las obras provino de donaciones de empresas y particulares.

También se hizo un evento de recolección de fondos, que se llamó “Cantando por la vida”, con el que se recaudó lo suficiente para pagar los primeros sueldos de las enfermeras (el único personal rentado de la institución).

En diciembre todo estaba listo para recibir al primer huésped: Roque, un señor de 80 años con cáncer de pulmón que estaba solo y ni se imaginaba que podía existir un lugar así, tan parecido al cielo. “Nuestro mensaje es que si bien estamos acompañando a la gente en sus últimos días, creemos que es un tiempo de vida, donde se puede estar bien, e incluso hasta ser feliz”, cierra Matías.

Contacto

Quienes quieran saber más acerca de HBS y/o colaborar, la página Web es www.buensamaritano.org.ar

Dirección de correo electrónico:
info@buensamaritano.org.ar

Teléfono: (02322) 433758.


Nota publicada en Mirabaires el día 04/02/2010. Ver nota original


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